| Pinturas:
Por
Justo Pastor Mellado.
En un texto anterior(1)
he sostenido que las pinturas de Ximena Mandiola son
ajustes de cuentas con el cotidiano malestar del procedimiento
pictórico. No existe, en sentido estricto, placer de
pintar, sino goce de un oficio problemático que nos
enfrenta directamente con la construcción de un imaginario
pictórico identitario. En ese momento, la categoría
del trabajo definía sus cuotas de rentabilidad gráfica,
desarrollando una obra que había iniciado sus primeras
configuraciones en mapas urbanos que separaban y distribuían
roles cromáticos por zona. De dichas densidades pasó
luego a escribir, incansablemente, números, como si
primero hubiese tenido que definir un marco general de referencia,
para luego aplicarse a la repetición de un mismo registro,
no ya para representar cosas, sino para reproducir el efecto
inolvidable, inomitible, de unas intensidades finales que
afirman "el deseo del deseo", en pintura.
Repetir,
se ha convertido en una estrategia de ejecución que
apunta a rebajar la angustia de la figuración. Primero
fueron los mapas urbanos. Luego vino la contabilidad del esfuerzo,
la medición de la energía. Ximena Mandiola comenzó
a repetir los números para no tener que dibujar una
forma plena. Es decir, se convirtió en una trabajadora
que necesitaba forjarse una excusa a la medida, para poder
desterrar la figura humana. Pero justamente, los números
y su transcripción hacen estado de una medida de energía
que se devuelve en activo de su propia puesta en relevancia.
Eso significa seguir de cerca la persistencia de un hábito
de marcación que no puede dejar de ocupar un vacío,
en una unidad mínima de tiempo, como si se temiera
que al secarse la pintura ya no habría posibilidad
de seguir marcando. Todo esto puso en evidencia un juego de
repeticiones que no se puede evitar. Es decir, se trabaja
pensando que no se puede evitar, ligando la actividad a la
obligatoriedad de su mantención, so pena de fallecer
ante una eventual detención. Por eso, cada cuadro es
abordado en jornadas verificables, en que la inversión
de energía se hace visible cuantificando la compulsión
en superficie ocupada, intervenida por los números.
En
los cuadros de una primera época, los números
eran pequeños, de modo que su abigarramiento formaba
unas tramas que adquirían dimensiones ornamentales.
Pero se trataba de una ornamentación inquietante, en
cuanto la cercanía del cuadro congelaba el precario
margen de ilusión que se había logrado constituir.
Luego, aparecerían cuadros en que los números
aumentaban su dimensión, para ser escritos con pincel
grueso. Cada número adquiría el aspecto de una
grafía autónoma, puesta en línea con
otros números, pero lo suficientemente armados como
para producir una gran retícula que la acercaba a sus
mapas urbanos de origen. Y luego, regresaba a las superficies
de números buscando reproducir el efecto ilusorio de
un relieve, no pudiendo mantenerse en el orden de la hoja
de castigo, que es lo que estaba en el punto de partida. Esto
es, una pintura que mimaba el castigo escolar y que cumplía
la tarea mediante la representación medida del esfuerzo
humano invertido.
Sin
duda, Ximena Mandiola apunta a compensar una falta. Por ejemplo,
una falta de dibujo. ¿Qué significa esto? Una
falta entendida como una caída en el mito por el cual,
un cazador del paleolítico dibujaba primero la figura
del animal al que debía dar muerte, para apropiárselo
simbólicamente mediante un acto gráfico. El
dibujo compensa la falta del referente a través de
un simulacro. Y luego viene la falta de la estampación.
Pero esto tiene que ver con el fantasma de una crisis de inscripción.
Por eso es preciso contar una y otra vez, para no olvidar
(lo) que se acaba de apuntar. Dos momentos que la excusan
de la reproducción mecánica, si bien, la repetición
del gesto le devuelve el sentido de la irrepetibilidad en
la serie. Pero son series finitas remitidas a la tolerancia
material del cuadro. En este sentido, las ocupaciones son
reducidas al campo de lo previamente conocido, lo que le permite
calcular la dimensión de su "pérdida del
recuerdo". Es así como estos números pueden
ser leídos como las migas que van dejando Hansel y
Gretel en el bosque, para poder regresar. Solo se regresa
a lo mismo; es decir, a la memoria del signo. Al sufrimiento
del olvido del origen. Porque el drama aquí referido
es el de la decadencia de una narración interminable.
La marca, en suma, de un ciclo mínimo.
En
cada cuadro se en/marca una cantidad de imaginario por dispensar,
en la enumeración de su propio avance por la superficie
ya tramada de la cultura de la imagen. Imagen de pérdida.
Conteo de lo irrecuperable. En el fondo, para Ximena Mandiola,
enumerar -pintar números- es convocar por anticipado
el deseo de domicilio, en pintura.
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(1)Justo
Pastor Mellado, "Ajustes de cuentas", Registro Pinturas (Ximena
Mandiola), , Galerķa Praxis,
Santiago de Chile, octubre 1998.
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