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AJUSTES
DE CUENTAS Por Justo Pastor Mellado
Iré
de inmediato al punto: las pinturas de Ximena Mandiola son ajustes de cuentas.
En verdad, se puede afirmar que la pintura es una compleja operación de
ajuste con las cuentas de la representación. Lo que queda, finalmente,
es la cristalización de una cantidad de energía social, verificada
para una historia singular del arte (nacional) de acuerdo a unos códigos
culturalmente determinados. Por ejemplo, el código de la pintura de interiores,
con una bandeja y unos cuantos limones y naranjas, dispuestas entre unos objetos
de cocina. Esa pintura se ajusta a las cuentas de la inmovilidad y de las certezas
de un cotidiano siempre amenazado. Lo que se llama "naturaleza muerta"
es la operación plástica destinada a aplacar la angustia ante la
irrupción de la discontinuidad. Es probable que en ello resida la base
del éxito de los cursos de pintura en los institutos municipales de cultura:
actos rituales de conjura de dicha amenaza. Para ello están las flores
y las disposiciones académicas del bienestar.
Pues bien: las cuentas que ajusta Ximena Mandiola no tienen nada que ver con eso,
en términos directos. Porque por debajo de las expectativas, lo que se
espera es una pintura que siga la rima del cotidiano y colabore con el desarrollo
de la buena conciencia visual. Aquí, el cotidiano reparatorio de una escena
doméstica que vive en el temor de su disolución ha sido reemplazado
por el cotidiano malestar del procedimiento: es decir, por la categoría
del trabajo. Esto es, por el malestar que define las cuotas de la rentabilidad
gráfica, de acuerdo a unos principios de regulación del espacio
del cuadro, que se estatuirán en gestos simulados de la reproducción
ampliada del capital. Esa
es la razón de por qué estos cuadros poseen dos tempos : uno de
ejecución y otro de lectura. De esta distinción depende la eficacia
discreta de su designación: Ximena Mandiola anota las intensidades del
propio acto de numerar, buscando una concisión y una precisión que
se refiere a la autonomía y autoreferencialidad de su propio acto gráfico.
Lo que en definitiva escribe es una letanía que autoriza su crecimiento
para ocupar el espacio total de sus formatos, sobreponiendo diversos regímenes
de cuentas, como también, para combatir otra amenaza: la aparición
de texturas. Es decir, en este plano, el ajuste de cuentas aparece como un problema
plástico concreto.
Ximena Mandiola ajusta sus propias cuentas con un pasado inmediato representativo,
del cual se separa de manera acelerada. Ello explica la violencia de sus decisiones
plásticas, para pasar de diagramas urbanos excentos de planificación
-en la época del estallido de la noción de plano regulador-, a la
planificación de su propio habitar en la pintura. Esto significó
abandonar la fascinación por las representaciones cartográficas,
que desde la consideración gráfica de las fotografías aéreas
de una ciudad termina señalando áreas cromáticas de habitabilidad.
Como si del color dependiera la calidad de vida. (Lo que no es una mala idea).
Pero la línea es la que separa las funciones de reproducción de
las áreas habitables, cerrando espacios, discriminando roles, etc. Entre
esos roles, el de mujer, en pintura, hilvanando los descartes posibles de la regla,
en el ejercicio de la regulación misma.
Ximena Mandiola escribe, es decir, numera, correlativamente, las marcas, los impulsos,
como una escolar castigada, obligada a cumplir, rellenando las planas, las pinturas
de formato regular, con una sentencia: llevar el registro de lo que cabe en la
dimensión anotada. Se trata de un gesto que en su repetición y tolerancia
material define un espacio para el deseo del deseo , de no ya "representar
una cosa", sino reproducir el efecto inolvidable, inomitible, de las intensidades
finales. Santiago,
Julio 1998. |