XIMENA
MANDIOLA: PINTURAS.
2005
Por
Justo Pastor Mellado.
En
un texto anterior(1) he sostenido que las pinturas de Ximena Mandiola
son ajustes de cuentas con el cotidiano malestar del procedimiento
pictórico. No existe, en sentido estricto, placer
de pintar, sino goce de un oficio problemático que
nos enfrenta directamente con la construcción de
un imaginario pictórico identitario. En ese momento,
la categoría del trabajo definía sus cuotas
de rentabilidad gráfica, desarrollando una obra que
había iniciado sus primeras configuraciones en mapas
urbanos que separaban y distribuían roles cromáticos
por zona. De dichas densidades pasó luego a escribir,
incansablemente, números, como si primero hubiese
tenido que definir un marco general de referencia, para
luego aplicarse a la repetición de un mismo registro,
no ya para representar cosas, sino para reproducir el efecto
inolvidable, inomitible, de unas intensidades finales que
afirman "el deseo del deseo", en pintura.
Repetir,
se ha convertido en una estrategia de ejecución que
apunta a rebajar la angustia de la figuración. Primero
fueron los mapas urbanos. Luego vino la contabilidad del
esfuerzo, la medición de la energía. Ximena
Mandiola comenzó a repetir los números para
no tener que dibujar una forma plena. Es decir, se convirtió
en una trabajadora que necesitaba forjarse una excusa a
la medida, para poder desterrar la figura humana. Pero justamente,
los números y su transcripción hacen estado
de una medida de energía que se devuelve en activo
de su propia puesta en relevancia. Eso significa seguir
de cerca la persistencia de un hábito de marcación
que no puede dejar de ocupar un vacío, en una unidad
mínima de tiempo, como si se temiera que al secarse
la pintura ya no habría posibilidad de seguir marcando.
Todo esto puso en evidencia un juego de repeticiones que
no se puede evitar. Es decir, se trabaja pensando que no
se puede evitar, ligando la actividad a la obligatoriedad
de su mantención, so pena de fallecer ante una eventual
detención. Por eso, cada cuadro es abordado en jornadas
verificables, en que la inversión de energía
se hace visible cuantificando la compulsión en superficie
ocupada, intervenida por los números.
En los
cuadros de una primera época, los números
eran pequeños, de modo que su abigarramiento formaba
unas tramas que adquirían dimensiones ornamentales.
Pero se trataba de una ornamentación inquietante,
en cuanto la cercanía del cuadro congelaba el precario
margen de ilusión que se había logrado constituir.
Luego, aparecerían cuadros en que los números
aumentaban su dimensión, para ser escritos con pincel
grueso. Cada número adquiría el aspecto de
una grafía autónoma, puesta en línea
con otros números, pero lo suficientemente armados
como para producir una gran retícula que la acercaba
a sus mapas urbanos de origen. Y luego, regresaba a las
superficies de números buscando reproducir el efecto
ilusorio de un relieve, no pudiendo mantenerse en el orden
de la hoja de castigo, que es lo que estaba en el punto
de partida. Esto es, una pintura que mimaba el castigo escolar
y que cumplía la tarea mediante la representación
medida del esfuerzo humano invertido.
Sin duda,
Ximena Mandiola apunta a compensar una falta. Por ejemplo,
una falta de dibujo. ¿Qué significa esto?
Una falta entendida como una caída en el mito por
el cual, un cazador del paleolítico dibujaba primero
la figura del animal al que debía dar muerte, para
apropiárselo simbólicamente mediante un acto
gráfico. El dibujo compensa la falta del referente
a través de un simulacro. Y luego viene la falta
de la estampación. Pero esto tiene que ver con el
fantasma de una crisis de inscripción. Por eso es
preciso contar una y otra vez, para no olvidar (lo) que
se acaba de apuntar. Dos momentos que la excusan de la reproducción
mecánica, si bien, la repetición del gesto
le devuelve el sentido de la irrepetibilidad en la serie.
Pero son series finitas remitidas a la tolerancia material
del cuadro. En este sentido, las ocupaciones son reducidas
al campo de lo previamente conocido, lo que le permite calcular
la dimensión de su "pérdida del recuerdo".
Es así como estos números pueden ser leídos
como las migas que van dejando Hansel y Gretel en el bosque,
para poder regresar. Solo se regresa a lo mismo; es decir,
a la memoria del signo. Al sufrimiento del olvido del origen.
Porque el drama aquí referido es el de la decadencia
de una narración interminable. La marca, en suma,
de un ciclo mínimo.
En cada
cuadro se en/marca una cantidad de imaginario por dispensar,
en la enumeración de su propio avance por la superficie
ya tramada de la cultura de la imagen. Imagen de pérdida.
Conteo de lo irrecuperable. En el fondo, para Ximena Mandiola,
enumerar -pintar números- es convocar por anticipado
el deseo de domicilio, en pintura.
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(1)Justo
Pastor Mellado, "Ajustes de cuentas", Registro Pinturas
(Ximena Mandiola), , Galería Praxis,
Santiago de Chile, octubre 1998.
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